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Departamento de Estado de los Estados Unidos
   

Palabras pronunciadas en la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos


Secretary Condoleezza Rice
Fort Lauderdale, Florida
5 de junio de 2005

Secretaria Condoleezza Rice


5 de junio de 2005

Muchísimas gracias. Quisiera agradecer al Gobernador Bush y a la Sra.Bush por la hospitalidad que nos han brindado aquí en Florida. Nuestro agradecimiento también a la ciudad de Fort Lauderdale y a todos los funcionarios que se han esforzado tanto para darnos esta cálida bienvenida y para hacer de esta Asamblea todo un éxito.

De igual manera, deseo darle la bienvenida al Secretario General Insulza. El Presidente Bush y yo estamos ansiosos por trabajar estrechamente con usted en los próximos años para fortalecer todavía más a esta organización y hacer de ella un instrumento muy eficaz para el fomento de la democracia y la prosperidad en nuestro hemisferio.

Distinguidos colegas, ministros, delegados, señoras y señores: es para mí un maravilloso e inmenso honor darles la bienvenida a Florida con motivo de la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos que se celebra este año. Florida es uno de los estados más vibrantes del país porque refleja la diversidad de cada estado de las Américas.

Las comunidades de América Latina y el Caribe están floreciendo aquí en Florida —y en todos los Estados Unidos— porque tienen libertad para trabajar y para soñar en grande.

La última vez que la OEA se reunió en los Estados Unidos, unos 31 años atrás, era muy diferente de lo que es hoy en día. De los 23 estados miembros, 10 eran dictaduras militares. Se suponía que la democracia era una de las condiciones para la afiliación —pero esta condición se pasaba por alto con demasiada facilidad.

La Asamblea General de 1974 fue extensa en conversaciones y limitada en la acción. Durante siete días, los líderes de gobiernos no elegidos argumentaban con hipocresía acerca del "ideal" de la democracia. Sin embargo, entre líneas el mensaje de los dictadores era claro: mientras la libertad representara una amenaza para la tiranía, la democracia no sería más que un "ideal", nunca una realidad.

Y bien, mis apreciados colegas, en las Américas de hoy, la democracia es una realidad.

A lo largo de los tres últimos decenios, los pueblos de América Latina y el Caribe han transformado nuestro hemisferio mediante su deseo de vivir en libertad. Han reemplazado dictadura con democracia, conflictos con comercio y la miseria social generalizada con una mayor justicia social. Las naciones libres de las Américas han expresado con mucha claridad que los dictadores nunca más marcarán el rumbo de nuestro hemisferio.

Los miembros democráticos de la OEA ahora comparten un consenso firme de que la libertad política y económica es la única ruta para alcanzar resultados duraderos. La separación que existe hoy en las Américas no es entre gobiernos de la izquierda o de la derecha. Es entre los gobiernos que son elegidos y gobiernan democráticamente y los que no.

Esto no significa que se reduzcan ni se subestimen las grandes dificultades del desarrollo que siguen presentes en nuestro camino —problemas como la pobreza y la desigualdad, además de instituciones democráticas débiles. Nuestro reto de hoy es lograr la inclusión; inclusión de todos los ciudadanos democráticos para que gocen de la paz de comunidades seguras, de los frutos del crecimiento económico y participen en la promesa de la movilidad social.

Llevar a todos las ventajas de la democracia es, en verdad, un reto descomunal. Y la OEA tiene una función fundamental que desempeñar; función que está definida en la Carta Democrática Interamericana. En este documento todos afirmamos nuestra intención de defender el derecho que tiene nuestra gente a la democracia. Ahora, debemos cumplir esa promesa.

Esta organización está creciendo y está prosperando. Me gustaría agradecer al Secretario General Adjunto, Einaudi, por los largos años de servicio a esta organización y, en particular, los de los últimos siete meses, en los que estuvo al frente de la organización. Pero, sin duda, los mejores años de la OEA todavía están por llegar. La Carta Democrática debe convertirse en el núcleo de un multilateralismo sustentado por principios firmes y que sea eficaz para las Américas. Juntos, debemos insistir en que los líderes elegidos democráticamente tienen la responsabilidad de gobernar democráticamente. Y el Secretario General Insulza ha declarado con razón, que los gobiernos que no cumplan con esta norma tan crucial tendrán que rendir cuentas a la OEA.

Debemos actuar de acuerdo con nuestra Carta para fortalecer la democracia allí donde sea débil. En lugares como Bolivia, Ecuador y Haití, las instituciones de la democracia tal vez tengan raíces frágiles. Para ayudar a las democracias de nuestro hemisferio, en lugares como éstos y en otros, a encontrar una ruta para el éxito sostenido, esta organización debe hacer suyas también las contribuciones legítimas de la sociedad civil.

Debemos actuar de acuerdo con nuestra Carta para apoyar a la democracia donde se encuentre amenazada. Dondequiera que una sociedad libre esté en retirada, una sociedad del miedo está a la ofensiva. Y el arma preferida de todo régimen autoritario es la crueldad organizada del estado policial.

Debemos actuar de acuerdo con nuestra Carta para velar por la democracia con el imperio de la ley. Por nuestra parte, los Estados Unidos están trabajando con El Salvador para crear en ese país una Academia Internacional de Cumplimiento de la Ley. Este instituto capacitará a oficiales de policía de todo el hemisferio para que puedan proteger y servir mejor a sus conciudadanos. Vemos con agrado la oportunidad de trabajar con el Perú para ampliar el alcance de esa Academia hasta América del Sur.

También debemos actuar de acuerdo con nuestra Carta para contribuir con el progreso de la democracia allí donde esté ausente. Treinta y cuatro naciones se han ganado el lugar que merecen en esta gran organización democrática. Pero, todavía hay un asiento vacío en torno a esta mesa, que un día ocuparán representantes de una Cuba democrática y libre. (Aplauso.)

Aquí, en Florida, podemos atisbar el potencial futuro de una Cuba libre. En 1999, los dos millones de cubanos que viven en los Estados Unidos percibían un ingreso combinado de $14 mil millones. Ahora, comparemos esa cifra con la Cuba de Castro, un país de 11 millones de habitantes y un PIB de apenas un poco más de $1 mil millones. La lección es clara: cuando los gobiernos defienden la igualdad de oportunidades, todos pueden prosperar en libertad.

Desde luego, nuestro hemisferio no extenderá las ventajas de la democracia de la noche a la mañana. Es cierto que fue apenas en los años de mi propia vida cuando los Estados Unidos concedieron el derecho al voto a todos sus ciudadanos. Por eso, yo personalmente, entiendo la impaciencia profunda con el ritmo actual de la reforma democrática que está expresando mucha gente en este hemisferio.

Este sentido de impaciencia es además un motor poderoso para la esperanza. Después de todo, fueron los patriotas impacientes quienes encabezaron la transformación democrática de América Latina y el Caribe. Fueron patriotas impacientes los que generaron un crecimiento económico el año pasado en nuestro hemisferio, mayor que en cualquier momento de los tres decenios pasados. Y serán esos mismos patriotas impacientes quienes logren que todo ciudadano de las Américas un día pueda compartir plenamente las bendiciones de la democracia.

Señoras y Señores, la impaciencia puede ser una magnífica virtud. Y nosotros, los miembros de la OEA, debemos ser impacientes. Debemos reemplazar la excesiva retórica con acciones que tengan un propósito bien definido. Debemos basarnos en logros antiguos para alcanzar nuevas metas. Y nunca, nunca, debemos aceptar que la democracia sea simplemente un ideal digno de admiración en lugar de un propósito que debe volverse realidad. (Aplausos.)

Nosotros, aquí en la OEA, no podemos descansar, no debemos descansar, no podemos cansarnos, no debemos cansarnos, y nunca podremos declarar victoria hasta que la libertad, la prosperidad y la seguridad no enriquezcan la vida de todos nuestros pueblos. Ésta es la gran misión de nuestras naciones democráticas. Y es el legado que debemos cumplir y dejar a la posteridad.

¡Muchas gracias! (Aplausos.)

[Fin]


Dado a conocer el 5 de junio de 2005
  
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