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Departamento de Estado de los Estados Unidos
   

Palabras pronunciadas por la Secretaria de Estado Designada, Dra. Condoleezza Rice, con motivo de su nombramiento


Secretary Condoleezza Rice
Washington, DC
18 de enero de 2005

Gracias señor Presidente Lugar, Senador Biden, y miembros del Comité. Y permítaseme también agradecer a la Senadora Dianne Feinstein con quien me identifico como "californiana" y a quien siempre he admirado como líder en nombre de nuestro estado y nuestra nación.

Sr. Presidente, miembros del Comité, es un honor para mí ser nominada para asumir la dirección del Departamento de Estado en este momento crucial; una época de desafío, esperanza y oportunidad para los Estados Unidos y para el mundo entero.

El 11 de septiembre de 2001 fue un momento determinante para nuestra nación y el mundo. Bajo la visión y el liderazgo del Presidente Bush, nuestro país se ha puesto en pie para enfrentarse a los retos de nuestros tiempos: luchar contra la tiranía y el terror, y asegurar los beneficios de la libertad y la prosperidad para una nueva generación. La labor que han emprendido los Estados Unidos y nuestros aliados, y los sacrificios que hemos realizado, han sido difíciles, necesarios y apropiados. Ahora es el momento de ampliar estos logros para que haya más seguridad y libertad en el mundo. Debemos usar la diplomacia estadounidense para crear un equilibrio de poder en el mundo que fomente la libertad. Ha llegado el momento de la diplomacia.

Me llena de humildad la confianza que el Presidente Bush ha depositado en mí para emprender la gran tarea de guiar la diplomacia de los Estados Unidos en un momento tan especial de la historia. De ser yo confirmada, trabajaré con los congresistas, tanto demócratas como republicanos, para crear un firme consenso bipartidario que respalde la política exterior de los Estados Unidos. Procuraré fortalecer nuestras alianzas, apoyar a nuestros amigos y hacer del mundo un lugar más seguro y mejor. Buscaré el gran talento de los hombres y mujeres del Departamento de Estado, del Servicio Diplomático y Consular y del Cuerpo de Funcionarios Públicos, y de los ciudadanos de otro país contratados localmente. Además, de ser confirmada, tendré el gran honor de suceder a un hombre a quien tanto admiro, mi amigo y mentor Colin Powell.

Hace cuatro años, el señor Secretario Powell se dirigió a este comité con el mismo fin que yo lo hago ahora. Entonces como ahora, era la misma semana que los Estados Unidos celebraban la vida y el legado del Doctor Martin Luther King, Jr. Es un momento para reflexionar sobre el legado de ese gran hombre, sobre los sacrificios que hizo, sobre el coraje del pueblo que dirigió, y sobre el progreso que nuestra nación ha logrado en las décadas posteriores. Le debo muchísimo a quienes lucharon y se sacrificaron en el movimiento de los Derechos Civiles porque gracias a ellos hoy me encuentro ante ustedes.

Para mí, éste es un momento para recordar también a otros héroes. Me crié en Birmingham, Alabama –la antigua Birmingham de Bull Connor, de explosiones en las iglesias y de intimidación a los votantes– la Birmingham donde el Dr. King fue encarcelado por participar en una manifestación sin autorización. No obstante, había otra Birmingham, la ciudad donde mis padres –John y Angelena Rice– y sus amigos construyeron una comunidad floreciente en medio de la más terrible segregación del país. Habría sido tan fácil para ellos dejarse llevar por la desesperación y transmitir un mensaje de desesperanza a sus hijos. Pero se negaron a permitir que los límites e injusticias de su época limitaran nuestros horizontes. Mis amigos y yo crecimos convencidos de que podríamos hacer o lograr lo que quisiéramos, que los únicos límites a nuestras aspiraciones eran los que nosotros mismos nos imponíamos. Se nos enseñó a prestar oídos sordos a quienes nos decían "No, no pueden hacerlo"..

La historia de los padres, maestros y niños de Birmingham es una historia del triunfo de los valores universales sobre la adversidad. Y esos valores –la creencia en la democracia, la libertad y la dignidad humanas, y los derechos de cada persona– unen a los estadounidenses de todas las condiciones sociales, de todos los credos y de todas las razas. Nos proporcionan una causa en común en todo momento, un punto de convergencia en tiempos difíciles, y una fuente de esperanza a los hombres y las mujeres de todo el mundo que valoran la libertad y trabajan para promover su causa. Y en estos tiempos extraordinarios, es el deber de todos nosotros –legisladores, diplomáticos, funcionarios públicos y ciudadanos– mantener y promover los valores que son la esencia de la identidad estadounidense, y que han elevado la vida de millones de personas del mundo entero.

Una de las lecciones más claras de la historia es que los Estados Unidos están más a salvo, y el mundo está más protegido, siempre y dondequiera que prevalezca la libertad. No es accidente ni coincidencia que las mayores amenazas del siglo pasado fueran producto de movimientos totalitarios. El fascismo y el comunismo diferían en muchos aspectos, pero compartían un odio implacable a la libertad, una convicción fanática de que su forma de ver las cosas era la única forma posible de verlas, y una confianza absoluta en que la historia estaba de su parte.

En determinados momentos, casi parecía que así era. Durante la primera mitad del siglo XX, gran parte del progreso democrático y económico de las décadas anteriores pareció haber sido arrasado por la marcha de ideologías inflexibles provistas de un terrible poder militar y tecnológico. Aun después de la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, muchos temieron que Europa, y tal vez el mundo, se verían forzados a sostenerse para siempre con una mitad esclavizada y la otra mitad libre. La causa de la libertad sufrió una serie de reveses estratégicos importantes: La imposición del comunismo en Europa Oriental, el dominio del poder soviético en Alemania Oriental, el golpe en Checoslovaquia, la victoria de los comunistas chinos y la prueba nuclear soviética cinco años antes de lo previsto, para mencionar sólo algunos. En esos primeros años, la perspectiva de una Alemania democrática unida y de un Japón democrático parecía algo inverosímil.

No obstante, los Estados Unidos y nuestros aliados tuvieron la suerte de tener líderes visionarios que no perdieron el rumbo. Ellos crearon la gran alianza de la OTAN para contener y finalmente socavar el poder soviético. Ayudaron a establecer las Naciones Unidas y crearon el marco jurídico internacional para esta institución y otras que han beneficiado al mundo por más de 50 años. Han proporcionado millares de millones de dólares en ayuda para reconstruir Europa y gran parte de Asia. Establecieron un sistema económico internacional basado en el libre comercio y el libre mercado para extender la prosperidad a todos los rincones del mundo. Además, hicieron frente a la ideología y propaganda de nuestros enemigos con un mensaje de esperanza, y con la verdad. Y al final –si bien el final tardó en llegar– su visión prevaleció.

Los retos que afrontamos en la actualidad no son menos abrumadores. Los Estados Unidos y el mundo libre se hallan inmersos una vez más en una lucha a largo plazo contra una ideología de tiranía y terror, y contra el odio y la desesperanza. Debemos hacer frente a estos retos con la misma visión, coraje y audacia de pensamiento que demostraron nuestros líderes después de la Segunda Guerra Mundial.

En estos momentos trascendentales, la diplomacia de los Estados Unidos debe cumplir tres tareas de enormes proporciones: Primero, uniremos a la comunidad de democracias para establecer un sistema internacional basado en nuestros valores compartidos y en el estado de derecho. Segundo, fortaleceremos la comunidad de democracias para combatir las amenazas a nuestra seguridad en común y paliar la desesperanza que alimenta el terror. Y tercero, difundiremos la libertad y la democracia por todo el mundo. Esa es la misión que el Presidente Bush ha fijado para los Estados Unidos en el mundo y la gran misión de la diplomacia estadounidense en la actualidad.

Permítaseme abordar cada una de las tres tareas que acabo de mencionar. Todos los países que se beneficien de vivir en libertad tienen la obligación de compartir los beneficios que ella trae aparejados. Por lo tanto, nuestro primer desafío es instar al pueblo estadounidense y a los pueblos de todos los países libres a unirse en una causa en común para solucionar sus problemas comunes. La OTAN –y la Unión Europea– y nuestros aliados democráticos en el Asia Oriental y en todo el mundo serán nuestros socios más firmes en esta labor de vital importancia. Los Estados Unidos también seguirán colaborando para apoyar y mantener el sistema de normas y tratados internacionales que nos permiten aprovechar nuestra libertad, desarrollar nuestras economías y mantenernos salvos y seguros.

Debemos mantenernos unidos al insistir en que Irán y Corea del Norte abandonen sus ambiciones de proliferación de armas nucleares y opten en cambio por el sendero de la paz. Los nuevos foros que surgen de la iniciativa de la Región del Gran Oriente Medio y Africa del Norte (BMENA) ofrecen los puntos de reunión ideales para estimular la reforma económica, social y democrática en el mundo islámico. La puesta en marcha del Programa de Doha para el Desarrollo y la reducción de las barreras al comercio posibilitarán la creación de empleos y la disminución de la pobreza en muchos países. Además, al apoyar a los pueblos libres de Iraq y Afganistán, seguiremos dando esperanza a millones de personas, y llevando la democracia a una parte del mundo donde se necesita urgentemente.

Como lo dijera el Presidente Bush en nuestra Estrategia de Seguridad Nacional, a los Estados Unidos "los guía la convicción de que ningún país puede construir un mundo mejor y más seguro sin ayuda de los demás. Las alianzas y las instituciones multilaterales pueden multiplicar la fortaleza de los países amantes de la libertad". De ser yo confirmada, esa convicción básica guiará mis acciones. No obstante, al evaluar un plan de acción, nunca olvidaré que la verdadera medida de su valor es su eficacia.

Nuestra segunda gran tarea es fortalecer la comunidad de democracias para que todos los países libres sean capaces de realizar la labor que tenemos por delante. El éxito de la democracia en todas partes alienta a los pueblos libres de todo el mundo. Todos nosotros debemos ampliar ese éxito.

Afrontamos muchos retos. En algunas partes del mundo, unos pocos extremistas amenazan la existencia misma de la libertad política. Las enfermedades y la pobreza tienen el potencial de desestabilizar países y regiones enteros. La corrupción puede socavar los cimientos de la democracia. Además, algunos líderes electos han tomado medidas intolerantes que, de no ser corregidas, podrían minar el progreso democrático que tanto ha costado lograr.

Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para asegurar que los países que toman las decisiones difíciles y realizan la ardua labor para unirse al mundo libre hagan realidad las grandes esperanzas de sus ciudadanos de una vida mejor. Desde Filipinas hasta Colombia y los países de África, estamos fortaleciendo la colaboración en la lucha contra el terrorismo con las naciones dispuestas a combatirlo, pero hay que ayudarlas con los medios. Estamos gastando millares de millones para combatir el SIDA, la tuberculosis, la malaria y otras enfermedades con el objeto de aliviar el sufrimiento de millones de personas y poner fin a las crisis en materia de salud pública. Los Estados Unidos siempre han sido generosos al ayudar en la recuperación de países que han sufrido desastres naturales –y actualmente estamos suministrando dinero y personal para aliviar el sufrimiento de millones de damnificados por el tsunami, y ayudar a los países a reconstruir su infraestructura. Estamos uniéndonos a los países en vías de desarrollo para combatir la corrupción, inculcar en ellos el estado de derecho y crear una cultura de transparencia. En gran parte de África y América Latina afrontamos el doble desafío de ayudar para reafirmar las instituciones y los ideales democráticos y mitigar la pobreza. Colaboraremos con los reformadores de esas regiones que estén dedicados a aportar más oportunidades a sus pueblos. Insistiremos también en que los líderes que sean electos de manera democrática tengan la obligación de gobernar de esa manera.

Nuestra tercera gran tarea es difundir la democracia y la libertad en todo el mundo. Me referí antes a los graves reveses que sufrió la democracia en la primera mitad del siglo XX. En la segunda mitad del siglo la democracia alcanzó un progreso mucho más espectacular. En el último cuarto de ese siglo, se triplicó el número de democracias en el mundo. Y sólo en los últimos seis meses de este nuevo siglo, hemos sido testigos de la transferencia pacífica y democrática de poder en Malasia – nación donde la mayoría de habitantes son musulmanes– y en Indonesia, cuya población musulmana es la más numerosa del mundo. Hemos visto a hombres y mujeres hacer cola durante horas para votar en las primeras elecciones libres e imparciales celebradas en Afganistán. A nosotros –y sé que a usted también Sr. Presidente– nos alentó la negativa del pueblo ucraniano a aceptar elecciones corruptas y su insistencia en que se respetara su voluntad democrática. Hemos visto al pueblo de los Territorios Palestinos acudir a las urnas en elecciones pacíficas e imparciales. Y el pueblo de Iraq ejercerá pronto su derecho de elegir a sus líderes y fijar el rumbo del futuro de su nación. Así como las últimas décadas del siglo XX, las primeras décadas de este nuevo siglo pueden ser una época de libertad. Y nosotros en los Estados Unidos debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que sea una realidad.

Claro está que en nuestro mundo quedan reductos de tiranía –y los Estados Unidos respaldan a los pueblos oprimidos de todos los continentes, ya se trate de Cuba, Birmania, Corea del Norte, Irán, Bielorrusia o Zimbabwe. El mundo debería aplicar lo que Natan Sharansky llama "la prueba de la plaza pública": Si una persona no puede pararse en medio de la plaza pública y expresar sus opiniones sin temor a ser arrestado, encarcelado ni lesionado, entonces esa persona vive en una sociedad donde reina el temor, y no en una sociedad libre. No podemos descansar hasta que todas las personas que vivan en una "sociedad en donde impera el temor" hayan obtenido finalmente su libertad.

En el Oriente Medio, después de seis décadas de disculpar y justificar la falta de libertad con la esperanza de adquirir estabilidad a costa de la libertad, el Presidente Bush ha puesto punto final a dicha práctica. Es muchísimo lo que está en juego. Mientras el Oriente Medio siga siendo una región donde impere la tiranía, la desesperación y la ira, producirá extremistas y movimientos que amenazan la seguridad de los estadounidenses y de nuestros amigos.

No obstante, hay indicios esperanzadores de que la libertad viene en camino. Afganistán e Iraq luchan por dejar atrás su pasado aciago y terrible, y han escogido el sendero del progreso. Hace pocos meses, Afganistán celebró elecciones libres e imparciales, y eligió a un Presidente dedicado al éxito de la democracia y a la lucha contra el terror. En Iraq, el pueblo pronto dará el próximo paso en su trayecto hacia una plena y auténtica democracia. Todos los iraquíes, sea cual sea su credo u origen étnico –desde los chiítas hasta los sunis y los kurdos– deben forjar un futuro en común entre todos. Las elecciones que se celebrarán más adelante este mes serán un importante primer paso mientras el pueblo iraquí se prepara para redactar una Constitución y celebrar la próxima ronda de elecciones que permitirán el establecimiento de un gobierno permanente.

El éxito de la libertad en Afganistán e Iraq dará fuerza y esperanza a los reformadores de toda la región, y acelerará el ritmo de las reformas que ya están en curso. Desde Marruecos hasta Jordania y Bahrein, vemos la celebración de elecciones, la concesión de nuevas protecciones a la mujer y a las minorías, y los inicios del pluralismo político. Los líderes políticos, civiles y empresariales han hecho llamamientos conmovedores al cambio político, económico y social. Cada vez más, las personas hacen oír su voz y su mensaje es claro: el futuro de la región es vivir en libertad.

El establecimiento de una democracia palestina ayudará a poner fin al conflicto en Tierra Santa. Son muchas las cosas que han cambiado desde el 24 de junio de 2002, cuando el Presidente Bush bosquejó un nuevo enfoque para los Estados Unidos en pos de la paz en el Oriente Medio, y manifestó con veracidad lo que será necesario para poner fin a este conflicto. Ahora hemos tenemos una oportunidad y debemos aprovecharla. Nos alientan sobremanera las elecciones que se acaban de celebrar para elegir a un nuevo líder palestino. Señores Senadores Biden y Sununu, quiero agradecerles que hayan representado a los Estados Unidos en esas elecciones históricas. Los Estados Unidos procuran obtener justicia y dignidad y un Estado viable, independiente y democrático para el pueblo palestino. Procuramos la seguridad y la paz para el Estado de Israel. Israel debe cumplir con su parte para mejorar las condiciones en que los palestinos viven y tratan de forjarse un futuro mejor. Los países árabes deben ayudarlos también y denegar toda ayuda o solaz a quienes sigan el camino de la violencia. Me complazco en saber que trabajaré personalmente con los líderes palestinos e israelíes, y que la diplomacia de los Estados Unidos influirá en este tema difícil pero crucial. La paz sólo podrá lograrse si todas las partes optan por realizar el trabajo difícil y deciden cumplir con sus responsabilidades. Ha llegado el momento de escoger la paz.

Construir un mundo de esperanza, prosperidad y paz es una tarea difícil. A medida que avancemos, las relaciones de los Estados Unidos con las potencias mundiales serán cruciales. En Rusia, vemos que el camino a la democracia es accidentado y que su éxito aún no está asegurado. No obstante, la historia reciente indica que podemos colaborar estrechamente con Rusia para solucionar nuestros problemas comunes. A medida que lo hagamos, seguiremos insistiendo con vehemencia en nuestros argumentos en favor de la democracia, y dejando en claro que la protección de la democracia en Rusia tiene una importancia fundamental para el futuro de sus relaciones con los Estados Unidos. En cuanto a Asia, hemos comprendido que es falsa la suposición de que es imposible tener buenas relaciones con todas las potencias de ese continente. Nuestras alianzas asiáticas nunca han sido más sólidas que en la actualidad, y emplearemos esa solidez para asegurar la paz y la prosperidad de la región. Japón, Corea del Sur y Australia son socios clave en nuestra campaña para contrarrestar las amenazas que afrontamos en común y estimular el crecimiento económico. Hemos establecido una relación franca, cooperativa y constructiva con China que acepta nuestros intereses en común pero a la vez reconoce nuestras considerables diferencias en materia de valores. Los Estados Unidos cooperan con la India, la democracia más grande del mundo, en una amplia gama de temas económicos y de seguridad. Esto es así aun cuando aceptamos a Pakistán como un aliado fundamental en la guerra contra el terrorismo, y un Estado en transición hacia un futuro más moderado y democrático. En nuestro propio continente, cooperamos estrechamente con Canadá y México, y trabajamos para concretar la visión de un hemisferio totalmente democrático, unido por nuestros valores comunes y el libre comercio.

También debemos tomar conciencia de que los Estados Unidos y todos los países libres afrontan una lucha generacional contra una nueva y funesta ideología de odio que no podemos pasar por alto. No basta con hacer frente a la propaganda de odio, disipar mitos peligrosos y dar a conocer la verdad, debemos hacer mucho más que eso. Aumentaremos nuestros intercambios con el resto del mundo. Además, los estadounidenses deben esforzarse seriamente por comprender otras culturas y aprender otros idiomas. Nuestra interacción con el resto del mundo debe ser una conversación, no un monólogo. Los Estados Unidos deben mantener abiertas sus puertas a visitantes, trabajadores y estudiantes de todo el mundo, pero sin poner en peligro sus normas de seguridad. No podemos cerrarnos al mundo si queremos que nuestro empeño en la diplomacia pública dé resultado. De ser yo confirmada, la diplomacia pública tendrá máxima prioridad para mí y para los profesionales que estén bajo mi dirección.

En todo lo que nos espera, el instrumento principal de la diplomacia estadounidense será el Departamento de Estado, y los hombres y las mujeres del Servicio Diplomático y Consular y del Cuerpo de Funcionarios Públicos, y de los ciudadanos de otro país contratados localmente. Esta es la época de la diplomacia, y el Presidente y yo esperamos grandes logros del cuerpo diplomático de los Estados Unidos. Conocemos por experiencia el ahínco con que trabajan, los riesgos que corren, tanto ellos como sus familias, y las condiciones difíciles que deben soportar. Les pediremos aún más mientras estén al servicio de su país y de una gran causa. Deberán desarrollar nuevas aptitudes y ponerse a la altura de las circunstancias para hacer frente a nuevos retos. Esta época de transformación mundial exige una diplomacia de transformación. Más que nunca, los diplomáticos estadounidenses deberán participar activamente difundiendo la democracia, luchando contra el terrorismo, disminuyendo la pobreza y cumpliendo con lo que nos corresponda hacer para proteger e suelo patrio de los Estados Unidos. Me aseguraré personalmente de que los diplomáticos estadounidenses cuenten con todos los medios necesarios para realizar sus tareas, desde la capacitación, presupuestos y programas de mentores hasta la seguridad en las embajadas. También me propongo fortalecer la contratación de nuevo personal, ya que la diplomacia estadounidense requiere que se contrate y capacite en forma constante al personal más calificado. Asimismo, procuraré diversificar aún más la plantilla del Departamento de Estado. Ésta no es sólo una buena causa sino una necesidad. Uno de los aspectos más positivos de nuestro país es nuestra diversidad. La imagen que se transmite al resto del mundo cuando los Estados Unidos son representados por personas de todas las culturas, razas y religiones es una declaración inmejorable sobre quiénes somos y lo que significan nuestros valores en la práctica.

Permítaseme terminar con un recuerdo personal. De 1989 a 1991 trabajé para el Gobierno en Washington como especialista de la Casa Blanca en los asuntos relacionados con la Unión Soviética al final de la Guerra Fría. Era afortunada de estar ahí y lo sabía. Tuve el privilegio de participar en la liberación de Europa Oriental. Tuve el privilegio también de participar en la unificación de Alemania y de ver la caída de la Unión Soviética. Esos eran momentos emocionantes para todos nosotros. Pero mirándolo ahora, sé que sencillamente estábamos cosechando los frutos de las buenas decisiones que se tomaron en 1947, en 1948 y en 1949, cuando Truman, Acheson, Vandenberg, Kennan y tantos otros estadistas sensatos y clarividentes en los poderes ejecutivo y legislativo reconocieron que no estábamos inmersos en una lucha limitada contra el comunismo sino en la lucha decisiva de nuestra época.

Demócratas y republicanos se unieron en torno a una visión y políticas que condujeron a la victoria en la Guerra Fría. El camino no siempre fue llano y sin complicaciones, pero teníamos una unidad básica de objetivo y valores, y esa unidad fue esencial para nuestro éxito final. Ningún Presidente ni Secretario de Estado podrían haber protegido eficazmente los intereses de los Estados Unidos en momentos tan trascendentales sin contar con el firme apoyo del Congreso y de este Comité. Lo mismo puede decirse del momento actual. Nuestra tarea, y nuestro deber, es unirnos en torno a una visión y políticas que difundan la libertad y prosperidad por todo el mundo. He trabajado directamente con muchos de ustedes. En estos momentos de gran desafío y oportunidad, los poderes de gobierno análogos de los Estados Unidos deben colaborar conjuntamente para promover la libertad y la prosperidad.

En el prólogo de su autobiografía, publicada en 1969, Dean Acheson hizo mención del período de posguerra diciendo que "quienes actuaron en este drama no conocían el final, ni lo sabemos todavía ninguno de nosotros". Señores Senadores, ahora conocemos ese final y muchos de nosotros aquí presentes fuimos testigos de él. El final fue un triunfo para la libertad, la liberación de medio continente, la desaparición de un imperio despótico y la reivindicación de las decisiones acertadas y valientes que se tomaron desde un comienzo. Mi mayor esperanza –y mi más profunda convicción– es que la lucha que afrontamos en la actualidad termine algún día con un triunfo similar del espíritu humano. Trabajando juntos, podremos lograrlo.

Muchas gracias.

[Fin]

  
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