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El Área de Libre Comercio de Centroamérica Sin Duda Nos Beneficiaría a Todos

Washington Post, 24 de mayo de 2005 El Vicesecretario de Estado Robert B. Zoellick ,AP Photo,

A Henry Stimson se lo conoce principalmente por haber sido el Secretario de la Guerra en el gobierno del presidente Franklin D. Roosevelt. No obstante, hace casi ochenta años el entonces coronel Stimson desempeñó en Centroamérica una función decisiva pero menos recordada. En esa ocasión, el presidente Coolidge lo envió como mediador en la guerra civil de Nicaragua. Stimson negoció un cese del fuego y unas elecciones libres, por lo cual fue muy ensalzado como pacificador. Sin embargo, el general nicaragüense Sandino se negó a aceptar las elecciones, se reanudó la violencia, Sandino resultó muerto y la familia Somoza impuso su larga dictadura. Stimson se sintió frustrado y después de estos acontecimientos, escribió que el pueblo de Centroamérica "no era apto para gobernarse a sí mismo". Los Estados Unidos le volvieron la espalda a la situación, que fue degenerando.

En 1989, colaboré con el secretario de Estado James Baker en la negociación con el Congreso de un Acuerdo Bipartidista acerca de Centroamérica, el cual puso fin a un debate interno muy divisivo. Ese Acuerdo propugnaba un plan regional de paz que diera lugar a elecciones democráticas y pusiera fin al apoyo externo a las guerrillas revolucionarias. A lo largo de los dos últimos decenios, el pueblo de esta región ha luchado, y muchos han muerto, porque confiaban en que la democracia no sólo les aportaría la paz sino también una vida mejor para sí y para sus hijos. Ahora, los centroamericanos le piden a los Estados Unidos que contribuyan a afirmar la democracia por medio de un tratado de libre comercio, el CAFTA, que establecería unos vínculos económicos más estrechos con el fin de proporcionar nuevos cimientos para mayores oportunidades. 

Aun así, en los Estados Unidos hay quienes siguen diciendo que Centroamérica y la República Dominicana "no son aptos" para un tratado de libre comercio. Al igual que ocurría en la época de Stimson, corremos el peligro de volverle la espalda a Centroamérica mientras los enemigos de la reforma dan a temer un futuro oscuro.

Los centroamericanos y los dominicanos han establecido unas democracias que aún son jóvenes y frágiles. Hablan de la libertad y la esperanza mientras que nuestro propio debate se concentra enteramente en minúsculas cantidades de azúcar y en las demandas sindicales proteccionistas. Escuchamos falsedades como que la industria estadounidense del azúcar quedará aniquilada por la importación del equivalente de dos pequeños sobres de azúcar por habitante y semana. Hay otros que dicen inquietarse por los derechos de los obreros en Centroamérica pero que no tienen en cuenta los efectos devastadores que sobre esos obreros tendría el rechazo del CAFTA y el envío a China de los empleos que proporciona la industria de la confección y actividades parecidas.

Desde el punto de vista estratégico, la cuestión del CAFTA no debería ser difícil de decidir. Este tratado es la culminación lógica de veinte años de progreso democrático y social en Centroamérica, alentados por los Estados Unidos.

Como explicaron los presidentes democráticos de Centroamérica y la República Dominicana cuando visitaron once ciudades de los Estados Unidos antes de venir este mes a Washington, el CAFTA fortalecerá la democracia porque promoverá el crecimiento económico y reducirá la pobreza, generará la igualdad de oportunidades, aminorará la corrupción y reforzará la función de la sociedad civil. Estos dirigentes entienden que al surgir una clase media y al tener el pueblo mayores intereses económicos en su sociedad, ese pueblo exige mayor participación en cómo se administra esa sociedad.

En Nicaragua y Guatemala, los dirigentes que han asumido el poder que antes estaba en manos de predecesores corruptos desean que el CAFTA venga a consolidar sus esfuerzos en favor de unas sociedades más transparentes, fundadas en normas y no en relaciones de privilegio. En El Salvador, Honduras y la República Dominicana, se considera que el CAFTA será la piedra angular de unas estrategias más generales que promuevan el desarrollo. Por toda esa región, el CAFTA fomentará la igualdad de oportunidades en unas economías que durante largo tiempo se han visto dominadas por las clases adineradas y las familias poderosas.

El CAFTA no es sólo lo correcto para la democracia; también es lo acertado para la seguridad de los Estados Unidos. No vivimos aislados de lo que sucede en Centroamérica. Las pandillas de delincuentes, el tráfico de estupefacientes, la trata de personas inclusive, establecen peligrosas redes transnacionales. Cuando existen inestabilidad y pobreza en nuestros alrededores, es de sentido común que ayudemos a nuestros vecinos a confrontar estas lacras en sus propios territorios en lugar de importarlas en nuestro país.

Si el CAFTA se rechaza en la votación, los pobres de esa región no mejorarán de suerte; al contrario, se les cerrará el camino al progreso en el nivel de vida. Al CAFTA, una vez derrotado, no lo sustituirá un mítico tratado "perfecto" al que se incorporen todos los deseos de sus adversarios. Ocurriría en ese caso que los centroamericanos se quedarían en una situación permanente de desventaja. Si el CAFTA se tambalea, no se fortalecerán los derechos laborales en Centroamérica; en vez, la competencia por trabajar será cada vez más desesperada y empeorarán las condiciones para los sindicatos y los obreros.

En Centroamérica, región que hasta no mucho estaba presa de la guerra civil, hemos observado un progreso notable. En el fondo, sin embargo, el debate sobre el CAFTA tiene que ver con la función de los Estados Unidos en el mundo. Hemos de decidir si sacrificaremos los intereses estratégicos de los Estados Unidos y el futuro de Centroamérica por una cucharada de azúcar. Hemos de decidir si dejaremos en la pobreza e impotencia a centenares de miles de centroamericanos por el proteccionismo miope de los sindicatos estadounidenses. Hemos de decidir si promoveremos los intereses estratégicos de nuestro país o sus intereses particulares. El mundo nos contempla.

(Escrito por el Vicesecretario de Estado, antiguo Representante de los Estados Unidos para Asuntos Comerciales).

© 2005 The Washington Post Company

  
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