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Política de los Estados Unidos en el Hemisferio Occidental

Como siempre, es para mi un privilegio especial regresar al Perú. En 2001, tuve el gran honor de que el Perú me otorgara la condecoración Gran Cruz de la Orden del Sol. Fue un reconocimiento por haber cooperado con valientes demócratas —como su presidente, Alejandro Toledo —quien luchó por recuperar los derechos humanos del pueblo peruano.

Es con gran humildad que este hijo de los Estados Unidos y México recibe este honor de la gran nación peruana, orgullosa de su historia y su cultura. Otro motivo de orgullo para ustedes es haber logrado el retorno de la democracia a este país. En esta oportunidad, queremos reiterarles la seguridad de que estaremos con ustedes mientras consolidan el imperio de la ley en esta gran nación.

Quiero felicitarlos también por haber sido la sede de una emocionante y exitosa Copa América. Lamentablemente, la selección nacional del Perú no ganó la copa, pero aplaudo al equipo por esos partidos en los que sobresalió. Obviamente, como funcionario del Gobierno de los Estados Unidos, se supone que debo ser neutral en esos asuntos, pero en este grupo pequeño, puedo decir que quería la victoria del Perú, pensando en lo que querían los buenos amigos que tengo aquí.

Ésta es mi primera visita a Lima desde septiembre de 2001 cuando asistí a la Asamblea General de la OEA —en realidad, fue el mismo día del espantoso ataque terrorista contra Nueva York y Washington.

Suelo preguntarme si el público extranjero entiende a cabalidad la profundidad con que esos ataques afectaron a mi país. Un grupo de fanáticos logró lo que ningún otro poder lograra hacer o se atreviera a intentar desde los primeros días de nuestra república: lanzar un ataque en el territorio estadounidense mismo que cobró millares de vidas.

Pero, luego de ese ataque, los Estados Unidos se ha convertido en una nación más fuerte y más centrada en la conducción de sus relaciones exteriores. Ahora nos damos cuenta de lo pequeño que ha pasado a ser el margen de error. El Presidente Bush y sus sucesores nunca más dejarán de actuar con decisión para responder con fuerza a las amenazas contra nuestra seguridad y nuestro bienestar.

Los peruanos conocen muy bien el impacto destructivo del terrorismo —la pérdida dolorosa de vidas inocentes, el caos social, el temor, la ansiedad y la incertidumbre.

El terrorismo también perjudica nuestras economías, nuestra forma de trabajar para satisfacer nuestras necesidades y deseos básicos. Nuestros socios de las Américas saben muy bien que el impacto de los ataques del 11 de septiembre se sintió mucho más allá de Nueva York y Washington, ya que todos seguimos recuperándonos del golpe económico asestado a la región.

Hemos salido de ese momento de oscuridad con un compromiso todavía más fuerte para consolidar nuestras alianzas en el ámbito de la seguridad, de tal forma que podamos proteger mejor a nuestros ciudadanos —y, al mismo tiempo, mantener fronteras y mercados abiertos.

Los Estados Unidos han sido muy afortunados al poder contar con el apoyo de nuestros vecinos del continente americano, como el Perú, en la guerra mundial contra el terrorismo. Ese apoyo es sumamente valioso para nosotros.

El Presidente Bush también considera que, tanto para nuestra prosperidad como para nuestra seguridad comunes a largo plazo, es fundamental el progreso continuo hacia la integración económica del hemisferio. La experiencia de los Estados Unidos, Canadá, y México con el Tratado de Libre Comercio de Norte América nos recuerda que las relaciones de los Estados Unidos, basadas en los principios del libre mercado benefician a todos los socios signatarios de esos acuerdos.

Los Estados Unidos siguen comprometidos con el establecimiento de un Area de Libre Comercio de las Américas que sea verdaderamente integral. Por otra parte, esperamos firmar muy pronto varios acuerdos bilaterales con unos 14 países latinoamericanos. Nuestro acuerdo de libre comercio con Chile ya entró en vigor y hemos negociado también acuerdos con nuestros vecinos de América Central, y esperamos que la República Dominicana se una muy pronto a ellos. Hay negociaciones en marcha con Panamá.

En mayo, iniciamos las negociaciones relacionadas con acuerdos de libre comercio con los países andinos y la tercera ronda de negociaciones acaba de finalizar, aquí en Lima. Esperamos concluir las negociaciones a comienzos del próximo año. Reconocemos especialmente la función constructiva que ha desempeñado el gobierno del Presidente Toledo en estas negociaciones.

Los acuerdos de libre comercio no se limitan al comercio. Ayudan a las naciones a aprovechar mejor sus recursos internos, a atraer las inversiones extranjeras, además de brindar mayores oportunidades económicas a sus ciudadanos. Todo esto ayudará a nuestros países a resistir las tendencias negativas de la economía mundial.

También aportan mecanismos para mejorar el acatamiento de los derechos de los trabajadores y de las normas para la protección del medio ambiente. Pueden impulsar una integración más profunda en la región, a medida que las normas para el comercio y las inversiones, adoptadas por cada país, convergen gradualmente hasta llegar a un conjunto común de principios que rigen las relaciones económicas en todo el hemisferio.

Esos acuerdos también fomentan el buen gobierno, porque pocos inversionistas irán a lugares donde la corrupción esté generalizada y no exista el imperio de la ley.

Para participar en estos acuerdos los gobiernos tienen que adoptar normas más transparentes —para las adquisiciones, para una mayor protección de los derechos de propiedad, para que los ministerios relacionados con el comercio actúen con profesionalismo. Esas normas darán un mayor sentido de seguridad tanto a los inversionistas nacionales como extranjeros. En resumen, los acuerdos de libre comercio prepararán mejor a las naciones de nuestro hemisferio para que sean más competitivas en un mercado globalizado.

El libre comercio, la democracia y el buen gobierno suelen generar una ventaja más: la paz. Las naciones que comparten un destino común no tratan de destruirse entre ellas. Por otro lado, hay mayores probabilidades de que trabajen juntas para sostener el crecimiento económico e invertir en programas sociales que beneficien a todas las poblaciones.

No obstante, el desarrollo no podrá sostenerse a menos que los gobiernos inviertan en su gente. Por ende, de conformidad con los compromisos contraídos en la Cumbre Extraordinaria de las Américas, celebrada a comienzos de este año en Monterrey, estamos alentando a los países para que los beneficios que obtienen del comercio los reinviertan en educación, salud, protección del medio ambiente, preparación de la gente del hemisferio para participar en la economía globalizada de hoy que plantea tantos retos y en la que sus sociedades no tienen más alternativa que competir.

Ciudadanos mejor capacitados y más sanos --y un medio ambiente mejor gestionado y sostenido-- conducen a su vez a una mayor productividad y a una vida mejor para todos.

Para que esta transformación sea fructífera, en el seno de los gobiernos deberá evolucionar un mayor sentido de responsabilidad y de comunidad.

Los líderes y las sociedades de los países deben reconocer que sobre ellos recae la responsabilidad principal de trabajar por el futuro de su propia nación. Esta responsabilidad fundamental no puede imponerse desde afuera. Tiene que ser algo que se siente, algo que se cree, y algo que hay que trabajar internamente. Nosotros podemos ayudarlos y, en realidad, lo hacemos. Pero, en última instancia, la reforma y la transformación tienen que venir de adentro.

Reconocemos que las democracias no siempre avanzan con rapidez. El proceso de reforma puede ser caótico y difícil. Es difícil. Nadie ha prometido que pueda ser diferente.

La democracia de los Estados Unidos ya tiene más de 200 años y, sin embargo, todavía tenemos que hacer frente a retos y fracasos en nuestros esfuerzos para perfeccionar nuestras instituciones. La democracia es un sistema muy exigente; no se trata de un deporte para espectadores. Para que funcione, tiene que haber un buen liderazgo y una amplia participación popular en cada tramo del camino.

Pero, al mismo tiempo, para que las naciones se mantengan en la ruta hacia la democracia, la gente debe ver que su vida cotidiana está mejorando de verdad. En realidad, uno de los retos más grandes que se plantean a las democracias de las Américas es velar por mantener la fe de los ciudadanos en el futuro. Los Estados Unidos quieren ayudar al hemisferio durante estos años de transición, de manera que los sueños de su gente no se conviertan en desilusión y desesperación.

Por ejemplo, queremos ayudar a mejorar el acceso al proceso político de esa parte de la sociedad que por mucho tiempo ha estado marginada, entre ellas las mujeres y especialmente las comunidades autóctonas que, en las Américas, ascienden a unos 40 millones de personas.

Estamos trabajando con especial ahínco para ampliar las actividades de extensión que realizan los Estados Unidos y poder llevarlas hasta las comunidades indígenas de todo el hemisferio. Esas comunidades tienen que percibir que participan en todo el esfuerzo para institucionalizar la democracia y la empresa de libre mercado. Deben estar convencidas de que esas iniciativas las beneficiarán directamente.

Lamentablemente, hay actores irresponsables en la región que están manipulando las aspiraciones y los intereses legítimos de esas comunidades con fines políticos egoístas y de corto plazo. Claro que esto no es difícil de lograr. La desconfianza se ha arraigado profundamente tras siglos de maltrato y marginalidad.

La desconfianza sólo podrá superarse con apertura, con actividades de extensión y esfuerzos educativos de parte de los gobiernos que sean justos y se responsabilicen ante todos sus ciudadanos. A todo esto hay que agregarle el optimismo.

Perú y el resto de la región necesitan renovar su idealismo, reconocer el progreso y dar crédito cuando algo lo merece. Todos los protagonistas políticos y los medios de comunicación deben conocer su obligación de promover el idealismo, el optimismo, y el sentido de que cada ciudadano tiene una función que desempeñar en una democracia. El cinismo sólo servirá para socavar el progreso que el Perú y sus vecinos están logrando hoy en día.

Los Estados Unidos han llevado a la práctica un conjunto de programas de desarrollo destinados a las poblaciones tradicionalmente desatendidas de la región andina y se trabaja para insertar a esos grupos en la corriente principal de la política y la economía de sus países. En los últimos diez años, hemos aportado casi $12 mil millones de dólares en ayuda externa a América Latina.

Nuestros programas promueven la democracia, defienden los derechos humanos, luchan contra la pobreza y fomentan la prosperidad. Financiamos opciones al cultivo de la coca al facilitar otros tipos de cosechas y mejorar el acceso a los mercados de manera sostenible para el medio ambiente. Aquí en el Perú, el programa voluntario de erradicación de la coca que prevé proyectos de desarrollo alternativos y complementarios ha beneficiado a muchas comunidades en las zonas donde se cultiva; en realidad, han sido tan bien recibidos que la USAID ha solicitado más financiamiento para ampliar el programa.

La inclusión de los grupos desatendidos no sólo es importante para mantener la estabilidad política y social, sino que tiene sentido desde el punto de vista económico. Para vencer la pobreza y ser competitivos en un mundo globalizado, los gobiernos individuales mismos deben tomar las medidas esenciales para liberar las capacidades productivas de todos sus ciudadanos, especialmente de aquellos a quienes se les sigue negando la justicia, los servicios sociales y las oportunidades.

Me doy cuenta de que hay una gran distancia entre donde estamos y donde queremos llegar en cuanto a democracias que funcionen a cabalidad para proteger a los más humildes y a los más débiles de nosotros. Pero, no cabe duda de que sabemos hacia dónde nos dirigimos y por qué.

Nuestro plan de acción se decidió a comienzos de este año en la Cumbre Extraordinaria de las Américas, celebrada en Monterrey. Los líderes del hemisferio se comprometieron a tomar medidas prácticas para impulsar el crecimiento económico y distribuir la oportunidad económica a todos. Estuvieron de acuerdo en que había que fortalecer y hacer cumplir los derechos de propiedad, reducir las barreras a las ganancias remitidas a los países por los trabajadores emigrantes, eliminar los obstáculos a la creación de empresas pequeñas y hacer que los dueños de pequeñas empresas tengan más acceso al capital.

Allí donde podemos actuar, lo estamos haciendo de manera creativa y vigorosa. El Presidente Bush anunció una nueva y audaz iniciativa de ayuda para el desarrollo, la Cuenta del Desafío del Milenio (MCA por sus siglas en inglés), que representa un aumento de 50% con respecto a nuestra ayuda para el desarrollo de apenas dos años atrás. En 2006, hemos previsto que la MCA dedicará $5 mil millones al año en nueva asistencia para los países idóneos en todo el mundo.

La diferencia entre esta iniciativa y las de años anteriores es que refleja el consenso de Monterrey, a saber: que la ayuda para el desarrollo la deben recibir los países que adopten la estrategia a favor del crecimiento que consiste en gobernar con justicia, invertir en la gente y poner fin a la corrupción.

A comienzos de este año, tres países latinoamericanos se encontraban entre los primeros que podían optar para recibir nueva asistencia de conformidad con la MCA, a saber: Bolivia, Nicaragua, y Honduras. Esperamos que la perspectiva de recibir financiamiento de la MCA en los próximos años sirva de incentivo para que otras naciones del hemisferio tomen las medidas necesarias que las lleven a transformarse internamente.

En vista de los grandes progresos alcanzados por el hemisferio en los últimos dos decenios, sigo siendo optimista acerca del futuro de la región —especialmente aquí en Perú.

Cualquier nación estaría orgullosa del progreso que ustedes han alcanzado apenas en los últimos años. Han trabajado con ahínco para reconstruir sus instituciones democráticas desde que le arrebataron el poder al autoritarismo. Consideren dónde estaban antes y dónde se encuentran hoy.

Ustedes han restablecido las características de lo que es una democracia verdadera. Los derechos humanos que una vez se negaron se han restablecido. Los derechos de los medios de comunicación que estaban limitados se ejercen a cabalidad y de manera enérgica. Las libertades políticas que apenas hace cuatro años estaban controladas por el Estado ahora gozan de la protección del Estado.

Una comisión peruana examinó el trágico legado de décadas de violencia interna, y el Estado peruano tiene que rendir cuentas por sus abusos.

Los tribunales que apenas unos años atrás estaban corruptos por jueces adeptos al amiguismo, ahora están encabezados por juristas independientes. Un Congreso que tenía muy poco poder frente a un poder ejecutivo caracterizado por su agresividad, ahora desempeña la función que le corresponde como representante del pueblo y como una forma de limitar el poder del presidente.

Se trata de un récord impresionante de logros. Aunque el Presidente Toledo nunca se atribuiría todos estos logros, no puede negarse que desempeñó una función de liderazgo al trabajar con todos los demócratas del Perú que permanecieron aquí y mantuvieron la lucha. Sin duda alguna, el Presidente Toledo seguirá haciendo muchas otras contribuciones a su país antes de pasarle el mando su sucesor elegido democráticamente en julio de 2006.

Nosotros también aplaudimos los esfuerzos del Presidente Toledo para unirse a todos los partidos políticos y a la sociedad civil para forjar el consenso nacional y así velar por la estabilidad democrática. La gestión económica adecuada y el compromiso con el libre comercio también han generado índices de crecimiento económico de 4% al año, uno de los más altos de la región.

Además, estamos orgullosos de trabajar con ustedes en la batalla contra la corrupción. En la Cumbre Extraordinaria de Monterrey, el Secretario de Estado Powell, y el Ministro de Relaciones Exteriores Rodríguez, firmaron un acuerdo para devolver al Perú $20 millones en fondos decomisados por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos y derivados de actos de corrupción durante el gobierno de Fujimori.

En virtud del acuerdo, el gobierno peruano utilizará el dinero para compensar a las víctimas de los delitos relacionados con esos fondos y para apoyar las iniciativas y las instituciones contra la corrupción en el Perú.

Una vez más, Perú se ha convertido en un miembro importante y activo de la comunidad internacional, especialmente en la Organización de los Estados Americanos (OEA), y es un socio clave de los Estados Unidos para apoyar la democracia y la continuidad en la región andina. Hace algunos años, Perú se hizo notar por haberse retirado de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Hoy en día, Perú se distingue a sí mismo por haber conducido al hemisferio a la adopción de la Carta Democrática Interamericana —que firmamos aquí en Lima, ese fatídico 11 de septiembre de 2001.

También apreciamos enormemente su cooperación continua en la lucha contra los estupefacientes y una mayor coordinación en las actividades contra el terrorismo. Por medio de la Iniciativa Antidrogas en la Región Andina (ACI por sus siglas en inglés) hemos hecho grandes avances para desmantelar el violento tráfico de drogas que ha ocurrido en los Andes en los últimos años. En 2003, nuestros esfuerzos contra el narcotráfico condujeron a una reducción del 15% en el cultivo de la coca en el Perú. En la OEA, el Perú desempeñó una función primordial en la negociación de la Convención Interamericana contra la Corrupción.

Es importante reflexionar acerca de cuánto ha avanzado el Perú desde la caída de Fujimori, porque creo que otros países del continente pueden aprovechar la experiencia del Perú.

¿Cuánto se ha logrado? Creo que una de las claves fue que hubo un sentido de responsabilidad compartida —una búsqueda del bien común— por los poderes legislativo y ejecutivo, así como por los partidos políticos de la oposición y el gobierno. Juntos estos diferentes grupos han trabajado por toda la gente del Perú.

Para continuar avanzando en los ámbitos de desarrollo económico, democracia y seguridad, es crucial que se mantenga este nivel de cooperación y dedicación hacia un propósito común.

Seguiremos apoyando al Perú, y a todas las naciones de las Américas, mientas trabajamos juntos para fortalecer las instituciones democráticas, estimular el crecimiento económico y reducir la pobreza, mejorar la gobernabilidad, luchar contra la corrupción e invertir en la gente.

Nuestras metas son las mismas: construir un hemisferio que se apoye en una base sólida de democracia, prosperidad, y seguridad —donde los dictadores, los traficantes y los terroristas no puedan progresar. Todos reconocemos que no podremos lograr nuestras metas a menos que trabajemos unidos.

El Presidente Bush está firmemente comprometido con estas ideas y con la forja de estas alianzas en todo el hemisferio —socios para la seguridad, socios para la democracia y socios para la prosperidad. Consideramos al Presidente Toledo como un socio y un amigo en este proceso de consolidar una verdadera comunidad interamericana.

Nuestro compromiso común con el libre comercio, con la democracia y el buen gobierno para el hemisferio ayudará a cada uno de los países a crear sociedades más prósperas y justas por un mundo mejor para los más humildes de nosotros, para que las futuras generaciones gocen de prosperidad y estabilidad.

Ése debe ser el fundamento de un esfuerzo concertado y sostenido, si nosotros y nuestros vecinos hemisféricos hemos de enfrentar los retos que se nos siguen planteando en las Américas. Pero, en fin de cuentas, la superación de las dificultades en materia de desarrollo que tiene ante sí esta región dependerá de los esfuerzos de sus líderes y de su gente.

  
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